Estoicismo aplicado a las oposiciones
Hay días en los que terminas de estudiar y tienes la sensación de que no has avanzado nada. Has dedicado horas a una materia, te enfrentas a unas preguntas y fallas cosas que creías saber. Entonces empiezas a pensar que no retienes, que los demás avanzan más o que quizá esto no es para ti.
Incluso acabas poniendo en duda toda tu preparación y tu objetivo; te preguntas si esto es para ti.
Aquí merece la pena detenerse. Porque una cosa es reconocer que algo ha salido mal —una semana, un simulacro— y otra bastante distinta es concluir que no tienes capacidad para aprobar. Lo primero puedes comprobarlo. Lo segundo es una conclusión que estás sacando en un momento de frustración.
La filosofía puede ayudarnos precisamente cuando tenemos que decidir qué hacemos con lo que nos ha pasado (estoy hablando de oposiciones, pero lo podríamos llevar a nuestra vida, a lo que nos va ocurriendo, y durante las oposiciones nos ocurren muchas cosas).
Qué ha ocurrido y qué estás añadiendo tú
Si me has leído antes, sabrás que Epicteto insistía en la importancia de examinar nuestros juicios: lo que pensamos sobre una situación influye en cómo la afrontamos. Es una de las cuestiones que plantea en su Manual, especialmente en el apartado 5.
Vamos a llevarlo a algo concreto.
Has hecho veinte preguntas y has fallado ocho. Ese es el resultado. Ahora hay que ver cuáles has fallado y por qué.
Quizá en tres no conocías bien la materia. En otras dos has confundido conceptos. En otras tres has leído demasiado rápido y has respondido algo distinto de lo que te estaban preguntando.
Esto ya permite trabajar, y así es como se hace mochila para acabar estando realmente preparado para aprobar. Ahora, gracias a ese mal resultado, esa mala semana, o esa convocatoria en la que has caído, puedes volver a estudiar lo que no sabías, comparar los conceptos que confundiste y practicar lo que en ocasiones es lo más importante a la hora de hacer un control, simulacro o examen: la lectura atenta de los enunciados. ¿Qué me están preguntando realmente?
En cambio, decirte «soy un desastre» no te indica qué tienes que corregir. Y decirte «seguro que aprobaré» tampoco te lo indica. En mi último libro hablo de la «epojé», técnica escéptica que viene muy bien en estos momentos. A veces lo más inteligente es suspender el juicio y dejar de alimentar una conclusión incorrecta a la que nos ha llevado una situación de pura tensión.
En definitiva, a lo que te invitan estas filosofías es a procurar que la corrección termine en una tarea concreta, lo que puedes mejorar, no en una descalificación hacia ti.
Tu esfuerzo importa, aunque no te garantice el resultado
Como a estas alturas ya sabrás, o deberías saber, una oposición tiene algo difícil de aceptar: puedes trabajar seriamente y no conseguir el resultado que buscas en una convocatoria. Es la pura realidad y lo demás, pajaritos en el aire. Pero eso no convierte el esfuerzo en inútil. Significa que el resultado no depende exclusivamente de tu voluntad y que, si no lo has conseguido en esta, deberás seguir perseverando. Porque si algo he aprendido a lo largo de 8 años como preparador es que quien insiste acaba consiguiéndolo. Yo mismo no lo conseguí ni a la primera ni a la segunda; fue a la tercera, y de repente ese año quedé entre los primeros de mi promoción. TU ESFUERZO SÍ IMPORTA (Y MUCHO).
La distinción estoica entre lo que está en nuestra mano y lo que no lo está es la técnica más famosa de esta filosofía de vida y puede ayudarnos a ordenar la atención, donde pones tu foco. No eliges la dificultad del examen ni la preparación de los demás; esas son variables incontrolables que no dependen de ti. Dentro de tus circunstancias, sí puedes decidir cómo trabajas hoy, qué dudas necesitas resolver y si vas a revisar los errores o vas a pasar por encima de ellos.
Si has confundido dos procedimientos, la pregunta útil para esta tarde es cómo vas a distinguirlos cuando vuelvan a aparecer. Puedes buscar sus diferencias, explicarlas sin mirar y resolver después otro supuesto. Estudio activo, no lectura pasiva.
Eso es algo que puedes hacer. Pasarte la tarde intentando adivinar si vas a conseguir plaza no sustituye ese trabajo. Es perder tiempo, y no estás para perder tiempo precisamente.
Y ojo: aceptar que no controlas todo no significa resignarte. Puedes implicarte mucho en una oposición sin exigirte una certeza que nadie puede darte. Opositar también es trabajar sobre uno mismo.
Exigirte también supone saber corregir el plan
Después de una mala semana o una mala sesión de estudio, o con tu academia o tu preparador, es fácil querer dejarlo todo, tomar decisiones definitivas por cuestiones temporales, o caer en el lado contrario: querer compensarlo todo de golpe, como si todo fuera rápido: mañana cambiaré la situación, estudiaré más horas, recuperaré lo pendiente y además haré lo que ya tenía previsto.
Eso no funciona así. Esto funciona a base de constancia, de pocos a pocos. Antes de añadir trabajo conviene mirar qué ha fallado.
¿Habías reservado tiempo suficiente para esa materia? ¿Estabas intentando estudiar contenido nuevo cuando apenas podías mantener la atención? ¿Llevabas varios días dejando los repasos para el final y al final nunca llegaban?
La clave es hacerse las preguntas correctas para cambiar lo que necesitas hacer.
Si el problema es que no habías repasado, añadir otro tema no lo resuelve. Lo que lo resuelve es mejor gestión del tiempo. Si llevas varias noches durmiendo mal, alargar todavía más la jornada puede empeorar la situación. Hazte las preguntas correctas.
No confundas la exigencia con tratarte mal. La exigencia te pide que respondas por tu trabajo y que te lo tomes en serio, que estudies lo previsto, que reconozcas cuándo te estás distrayendo y que corrijas una planificación que no funciona. Insultarte por estar cansado no hace ninguna de esas cosas. Al revés. No te lo recomiendo. Trátate bien.
Querer aprobar sin dejar toda tu vida pendiente de ello
La plaza importa. Cambia tu vida literalmente porque cambia tus condiciones de trabajo, tu estabilidad y muchas decisiones de tu vida. No voy a decirte que debería darte igual. De hecho, para mí y mi mujer fue lo más importante que nos ha pasado. La plaza son los cimientos sobre los que luego puedes construir una vida muy estable, y eso para algunos, entre los que me incluyo, es una riqueza absoluta. Porque la verdadera riqueza, al menos para mí, es vivir tranquilo, y, si estás aquí, seguro que opinas algo parecido. Pero hay una diferencia entre desear mucho algo y convertirlo en la condición para poder estar bien contigo mismo.
Sí, si todo queda para después de aprobar, pasan los meses y empiezas a vivir como si lo que ocurre mientras tanto no contase. Las personas que tienes cerca, tu salud, una conversación o un rato de descanso también forman parte de tu vida ahora.
Esta preocupación está presente en Sobre la vida buena y en mi forma de entender la filosofía como práctica cotidiana. No se trata de renunciar a ciertas ambiciones. Se trata de impedir que esas aspiraciones controlen por entero tu vida.
Puedes tomarte la oposición muy en serio y seguir cuidando otras cosas. Tendrás que hacer renuncias, claro. Conviene que sepas cuáles estás haciendo, para qué y durante cuánto tiempo, en lugar de dar por hecho que todo sacrificio te acerca a aprobar.
Qué puedes hacer después de cada control para mejorar
Antes de dar por terminado lo que has aprendido equivocándote, porque aprendemos equivocándonos, te recomiendo escribir tres cosas:
- Qué error concreto necesitas corregir. Sé concreto.
- Qué vas a hacer para corregirlo. Haz un plan.
- Cuándo comprobarás, sin mirar la solución, si ya sabes resolverlo. Tal vez un nuevo control próximo, o volver a repetir algo que fallaste, o una meta determinada. No abstracta.
No necesitas estar convencido de que todo irá bien. Necesitas saber qué depende de ti y, en cada caída, qué has aprendido sobre tu preparación y qué vas a hacer a continuación.
Ahí es donde la filosofía que comparto contigo empieza a servirnos.
Ánimo con el estudio y gracias por leerme.
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