Cómo descubrir cuál es tu filosofía de vida: siete preguntas que merece la pena hacerse.
Todos tenemos una filosofía de vida, aunque nunca la hayamos formulado. Está en la manera en que reaccionamos cuando algo se tuerce, en aquello que consideramos imprescindible, en el uso que hacemos del tiempo y en el precio que aceptamos pagar o no por ser quienes somos. A menudo la descubrimos mejor observando nuestras decisiones que escuchando nuestras declaraciones. Como siempre digo, no eres lo que dices, eres lo que haces.
Por ejemplo, si decimos que la familia es lo primero y dejamos para ella nada o menos; si afirmamos que valoramos la tranquilidad y organizamos una vida en la que nunca hay silencio o paz; si creemos que lo material no lo es todo, pero aplazamos durante años aquello que realmente nos importa por cuestiones materiales o superficiales que tampoco terminan de parecernos suficientes.
La filosofía antigua empezaba antes que muchos de nuestros problemas actuales. Si has leído Filosofía como forma de vida, ya sabrás que quien elegía una escuela no se limitaba a estar de acuerdo con unas ideas: trataba de vivir de una manera determinada. Ser estoico, epicúreo o escéptico modificaba la relación con el deseo, el dolor, la amistad, la muerte, el tiempo y los otros. La pregunta era exigente porque la respuesta tenía consecuencias.
Hay una continuidad con algo que desarrollé antes en El pequeño libro de la buena suerte: los objetivos necesitan estar alineados con los valores que van a sostenerlos. Cuando ese acuerdo no existe, podemos avanzar durante un tiempo por inercia o aprobación ajena; tarde o temprano aparece una resistencia que ningún planificador consigue resolver.
En Sobre la vida buena escribí:
«La filosofía de vida con la que vivimos es la que realmente nos hace diferentes y, en gran medida, marca la calidad de nuestra vida».
Estas siete preguntas no pretenden encerrarte en una escuela. Sirven para hacer visible el criterio desde el que ya estás viviendo y comprobar si quieres conservarlo.
1. ¿Qué considero una vida buena?
No respondas con una lista de bienes. Prueba a describir un fin de semana o una semana cualquiera de esa vida. Examínate en tu día a día. ¿A qué le das importancia? ¿A qué hora te levantas? ¿Con quién compartes el día? ¿Qué trabajo realizas? ¿Cuánto tiempo tienes? ¿Qué preocupaciones han desaparecido y cuáles aceptarías?
La concreción revela contradicciones. Tal vez imaginas una vida serena y, al mismo tiempo, deseas un tipo de éxito que exige una exposición permanente. Quizá quieres libertad, pero todas tus decisiones aumentan tus compromisos. Quizás te des cuenta de que no estás siguiendo el camino que realmente quieres recorrer y comienzas a plantearte cosas.
Los antiguos llamaron eudaimonía a una vida lograda o floreciente. No era un estado de ánimo continuo ni una sucesión de placeres. Remitía a vivir de acuerdo con un criterio que pudiera sostenerse en el conjunto de la existencia. Pregúntate, por tanto, qué hace que un día sea bueno incluso cuando no ha sido agradable.
2. ¿Qué parte de mi felicidad he dejado en manos ajenas?
Puede estar en la opinión de una persona, en un ascenso o en que alguien no se comporte como esperas. El estoicismo no pide que esas cosas dejen de importarte. Advierte del riesgo de convertirlas en condición de tu bienestar.
Haz una lista de tres preocupaciones actuales. Divide cada una en dos: lo que depende de tu juicio y de tu acción, y lo que corresponde a otras personas o a circunstancias que no controlas. Después observa dónde estás gastando la mayor parte de tu energía.
La libertad interior empieza cuando dejamos de exigir a la realidad una garantía que nunca nos dio.
3. ¿Qué deseo me está costando más paz de la que promete?
No todo deseo merece ser satisfecho. Epicuro distinguió entre deseos naturales y necesarios, naturales no necesarios y vacíos. La clasificación conserva una extraordinaria utilidad porque pregunta por el límite.
El hambre puede saciarse. La necesidad de reconocimiento no trae una medida incorporada. Siempre puede haber más prestigio, más dinero, más aprobación. Cuando un deseo no sabe terminar, corre el riesgo de convertir toda conquista en un descanso breve antes de la siguiente. Es lo que se conoce como la trampa hedonista, que he explicado en Sobre la vida buena. Ojo con perseguirla, porque nunca es suficiente.
Elige un deseo importante y pregúntate:
- ¿Qué necesidad real contiene?
- ¿Cuándo sería suficiente?
- ¿Qué coste está teniendo en tiempo, salud o relaciones?
- ¿La satisfacción traerá paz o abrirá una dependencia mayor?
No se trata de renunciar a ciertas ambiciones. Se trata de impedir que esas aspiraciones controlen por entero tu vida.
4. ¿Qué temo perder porque creo que sin ello dejaría de ser yo?
Un puesto, una relación, una imagen, una capacidad física. Hay bienes valiosos cuya pérdida nos dolería de verdad. La filosofía no elimina ese dolor. Puede mostrarnos cuándo hemos confundido algo que forma parte de nuestra vida con la totalidad de lo que somos.
Los estoicos hablaban de bienes preferibles, como la salud, la seguridad o ciertos recursos. Podemos cuidarlos y elegirlos sin otorgarles todo el valor moral. Esta distinción evita dos extremos: fingir indiferencia ante lo que amamos y vivir aterrados por la posibilidad de perderlo.
Completa esta frase: «Si perdiera…, pensaría que mi vida ya no…». Examina después si esa conclusión es cierta o si el miedo ha convertido una pérdida enorme en una desaparición completa del futuro.
5. ¿Cómo me comporto cuando nadie me ve?
La filosofía de vida se reconoce en las decisiones sin público. Cómo hablas de quien no está, qué haces con una ventaja injusta, cómo trabajas cuando nadie controla y cómo tratas a una persona que no puede ofrecerte nada.
Marco Aurelio se recordaba que el ser humano es una parte de una comunidad. La vida filosófica no es una operación privada para sentirse invulnerable. Tiene una dimensión social: justicia, responsabilidad y cuidado de los vínculos.
Pregúntate qué virtud te gustaría que otros asociaran contigo. Después busca una acción reciente que la confirme y otra que la contradiga. La distancia entre ambas contiene más verdad que cualquier descripción ideal. De nuevo, tal vez no estés donde quieres estar, pero por eso es importante la filosofía de vida: para que tu interior esté alineado con tu mundo exterior.
6. ¿Qué hago con lo que me ocurre?
No elegimos muchas circunstancias. Sí participamos en el significado que adquieren con el tiempo. Una adversidad puede cerrar posibilidades y, a la vez, revelar una dirección; puede doler sin convertirse en la única narración de tu vida. Porque hay más mundo que eso.
Mi interés por la filosofía antigua nació en experiencias personales difíciles que cuento en Sobre la vida buena. A los diez años aproximadamente recibí un ejemplar de las Cartas a Lucilio, de Séneca, en un momento en el que necesitaba comprender que había cosas que no podía cambiar. Aquel libro no arregló la realidad. Me dio una perspectiva con la que empezar a vivirla de otra forma.
Mira un acontecimiento que todavía duele. Pregúntate qué te quitó, qué te enseñó y qué decisión sigue estando disponible. No fuerces. Algunas cosas son dolorosas y punto. La pregunta busca una posibilidad de acción dentro de lo ocurrido.
7. ¿Qué práctica sostiene las ideas que digo defender?
Una filosofía de vida necesita ejercicios. Si valoras la calma, ¿qué haces para cultivar la atención? Si aprecias la amistad, ¿dónde aparece en tu agenda? Si crees en la justicia, ¿qué coste aceptas por actuar justamente?
Pierre Hadot explicó que los textos antiguos eran instrumentos de transformación, y yo recogí su testigo en Sobre la vida buena y en Filosofía como forma de vida. Esos textos se leían, repetían, escribían y meditaban. Comprender una idea era solo el comienzo. Había que incorporarla.
Elige una convicción y asigna una práctica pequeña:
- «Quiero depender menos de la opinión ajena»: una decisión semanal que no explicarás para obtener aprobación.
- «Quiero vivir con más atención»: diez minutos diarios sin estímulos, solamente para ti.
- «Quiero valorar el tiempo»: una tarde a la semana o al mes reservada antes que el resto de compromisos.
- «Quiero ser más justo»: escuchar por completo la versión que menos te favorece y pensar desde el punto de vista de los otros. La justicia se cultiva.
Elegir no es quedar encerrado: cada filosofía puede aportarte algo
Tu filosofía de vida puede cambiar. Maduramos, perdemos, aprendemos y descubrimos que ciertos objetivos eran heredados. Revisarla no demuestra incoherencia; puede ser una forma de coherencia más profunda.
Sobre la vida buena nació de esa búsqueda y de la diferencia entre aspirar a una vida repleta de signos externos o tratar de vivir en paz, con propósito y lucidez. La filosofía antigua como forma de vida continúa el recorrido al estudiar por qué las escuelas helenísticas medían las ideas por su capacidad de transformar al sujeto.
Quizá la pregunta no sea qué etiqueta filosófica te define. Antes conviene saber qué clase de persona estás practicando ser o quieres llegar a ser. Gracias por leerme y, si has leído alguno de mis libros, me encantaría que me escribieras. Saludos.

Sobre la vida buena
Una reflexión sobre la diferencia entre acumular signos externos y aprender a vivir con paz, propósito y lucidez.

Filosofía antigua como forma de vida
Una propuesta para recuperar los ejercicios y actitudes de la filosofía antigua y llevarlos a la vida cotidiana.
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