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El camino del opositor · Método y planificación

Cómo sobrevivir a opositar y vivir mientras tanto.

En El camino del opositor ya dije que hay un momento, casi siempre durante los primeros meses, en el que la oposición deja de ser una decisión y empieza a ocuparlo todo —si realmente lo estás haciendo en serio—. De repente uno se levanta pensando en lo que no estudió ayer, come con la impresión de que debería volver cuanto antes al escritorio y se acuesta recordando artículos, temas que faltan, repasos atrasados y días hasta el examen. Incluso el descanso deja de ser descanso.

He pasado por ahí. Durante más de tres años me presenté a una veintena de exámenes de cuatro cuerpos distintos. Hubo bibliotecas, noches de insomnio y suspensos. Porque hubo varios suspensos hasta conseguir finalmente las dos plazas. También hubo días en los que sacar la oposición parecía mucho más lejano que cuando había empezado. Nada más lejos de la realidad.

Por eso, cuando alguien me pregunta cómo sobrevivir a opositar, no le contesto que tiene que aprender a sufrir. Le contesto que tiene que construir una forma de estudiar que pueda sostener durante el tiempo que haga falta. En una palabra, rutina.

Una oposición se aprueba con intensidad en momentos concretos, pero se prepara gracias a la rutina, la disciplina y la continuidad. Y la continuidad necesita una vida alrededor para poder sobrevivir. No somos dioses. Somos personas.

La oposición debe tener un lugar, no quedarse con todo

Opositar exige renuncias. Fingir lo contrario sería faltar a la verdad. Habrá planes a los que no puedas ir, temporadas en las que verás menos a tus amigos y una parte considerable de tu energía estará dedicada al temario. La cuestión es si esas renuncias responden a una elección consciente o si, poco a poco, has permitido que la oposición invada hasta el último espacio.

En El camino del opositor escribí algo que sigo repitiendo a mis alumnos.

«Ya sabes que no vives para opositar; más bien estás opositando para vivir, y es importante distinguir ambas facetas».

La frase no invita a estudiar menos. Invita a estudiar con límites. Cuando el horario termina, debe quedar algo de ti fuera de la oposición. Una cena sin apuntes sobre la mesa. Un paseo. Entrenar. Jugar con tus hijos. Hablar con tu pareja sin convertir cada conversación en un parte de resultados.

Si todo se aplaza hasta la plaza, el proceso se hace cada vez más hostil y cualquier retraso parece una catástrofe. Se haría insoportable.

La plaza importa mucho. Tu vida también está ocurriendo ahora.

El descanso forma parte del método

Descansar no es el premio que recibe quien ha cumplido un horario o unos objetivos. Es una condición para poder volver a cumplirlo mañana. La memoria necesita sueño, la atención se degrada cuando acumula horas y el cansancio continuado acaba alterando la percepción de lo que hacemos. Un tema razonable puede parecer inabarcable después de diez días sin una pausa verdadera.

Conviene distinguir tres descansos.

  • El descanso breve dentro de la jornada, antes de que la concentración se haya hundido.
  • El tiempo diario de desconexión, aunque solo sea una parte de la tarde o de la noche, para dar un paseo o estar con los tuyos.
  • Un descanso semanal reconocible, adaptado al momento de la preparación y a las exigencias de tu oposición.

En las semanas cercanas al examen esas pausas pueden reducirse, claro. Sería extraño preparar del mismo modo un mes ordinario y los siete días anteriores a un examen. El problema aparece cuando vivimos todo el año como si el examen fuera el domingo siguiente. La excepcionalidad, mantenida durante meses, termina por romper la rutina por agotamiento. Burnout, dirían los ingleses.

Un horario que puedas cumplir en un día normal

Muchos planes fracasan porque se diseñan para nuestra mejor versión. Contamos las horas de un lunes en el que hemos dormido bien, nadie nos interrumpe y la motivación acompaña. Después llega un martes corriente, con una mala noche, una gestión inesperada, un hijo enfermo o una cabeza que sencillamente no funciona igual. El plan deja de cumplirse y aparece la culpa.

Un horario útil debe caber en una semana real. Yo aconsejo diferenciar entre tres tipos de jornada.

  • Jornada ordinaria. La que podrás repetir la mayoría de los días.
  • Jornada mínima. La que mantendrá el vínculo con la oposición cuando el día se tuerza.
  • Jornada de empuje. La que utilizarás de manera temporal ante un simulacro, un control o un examen.

La jornada mínima evita el pensamiento de «hoy ya está perdido». Puede consistir en un bloque de repaso, veinte preguntas o la corrección de un supuesto. Parece poco, pero conserva la continuidad y permite volver al día siguiente sin la sensación de empezar de nuevo.

Sobrevivir a opositar también exige aprender a estar solo

Hay una parte del camino que nadie puede recorrer por nosotros. Pueden acompañarte, ayudarte económicamente, escucharte o asumir más tareas en casa. Aun así, llegado el momento, eres tú quien se sienta delante del tema y quien entra en el aula del examen.

La soledad del opositor se hace más llevadera cuando uno comprende qué está construyendo y aprende a disfrutar de su propia compañía. En El camino del opositor lo expresé así.

«Estar solos no es nada malo; al revés, es el comienzo de un romance que durará toda la vida».

Eso no significa aislarse. El aislamiento empobrece y a menudo agranda los problemas. Significa aceptar que la responsabilidad última es propia y, desde esa aceptación, cuidar a quienes nos acompañan. No todo el mundo entenderá bien el proceso, pero algunas personas harán que pese menos. Conviene reconocerlas y reservarles tiempo.

Sobre esta parte del camino puedes leer también Sobre la soledad del opositor.

Qué hacer en los días en los que ya no puedes más

Hay días malos dentro de una buena preparación. Es inevitable. No conviene tomar decisiones definitivas desde el agotamiento de una tarde o un mal día, ni siquiera desde una mala semana o una etapa complicada.

Cuando aparezca la idea de dejarlo todo, como decía en Sobre oposiciones, puedes seguir este orden.

  1. Detén la jornada y descansa de verdad.
  2. Pregúntate si estás cansado de la oposición, de una situación temporal o de cómo la estás afrontando.
  3. Revisa el sueño, el horario, los descansos y la carga de las últimas semanas.
  4. Habla con alguien que conozca el proceso y pueda distinguir un bajón normal de un problema de planificación.
  5. Recupera los motivos por los que empezaste y comprueba si siguen siendo tuyos.
  6. Toma cualquier decisión importante cuando hayas dormido y puedas pensar con cierta distancia.

A veces habrá que reducir el ritmo. Otras, cambiar de preparador o de academia, reorganizar el temario o fijar una línea temporal clara. También puede llegar un momento en el que abandonar sea una decisión razonada.

La frase «las oposiciones no se abandonan» sirve para levantarse después de un suspenso. Deja de servir cuando se utiliza para permanecer indefinidamente en un proyecto que ya no tiene sentido. En El camino del opositor defendí también la necesidad de fijar líneas rojas personales, económicas y temporales. La perseverancia necesita dirección.

Una revisión semanal de quince minutos

Para aguantar resulta más útil mirar la semana que juzgar cada día. Una revisión sencilla puede hacerse con cinco preguntas.

  1. ¿Qué trabajo real he completado?
  2. ¿Qué se ha quedado atrás y por qué?
  3. ¿He descansado lo suficiente para aprender?
  4. ¿Qué parte del plan debo ajustar?
  5. ¿Cuál es la prioridad concreta de la próxima semana?

Buscamos recuperar perspectiva. Si una semana has avanzado menos porque tu hijo estuvo enfermo, el dato no demuestra falta de compromiso. Si durante cuatro semanas el plan se incumple por la misma causa, entonces el plan necesita cambios.

La oposición es una parte de tu vida y, además, es temporal

Mientras opositas puedes aprender a gestionar el tiempo, a tolerar la incertidumbre y a trabajar sin recibir una recompensa inmediata. También puedes perder la salud, alejarte de todos y vivir cada descanso como una culpa. Ninguna de esas consecuencias viene escrita en la convocatoria. Dependerá, en buena medida, del modo en que organices el camino.

Sobrevivir a opositar consiste en llegar al examen con posibilidades, pero también en reconocerte cuando salgas de él. La disciplina que conduce a una plaza se parece menos a castigarse durante unos meses que a cumplir, semana tras semana, un acuerdo razonable con uno mismo.

Si necesitas compañía y una explicación de lo que sucede durante el proceso por parte de alguien que lo ha vivido, El camino del opositor nació precisamente con esa intención. Sobre oposiciones continúa ese trabajo y desarrolla la planificación, la preparación mental y las técnicas de estudio que permiten convertir el esfuerzo en un sistema.

Un abrazo.

Emilio Cabrera

Portada de El camino del opositor

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